Estos días de festividades he estado enfermo y no hemos grabado podcast. Abierta mi agenda, aproveché para pausar mi estricta rutina habitual y darme algún capricho. Tras tres semanas jugando sistemáticamente a Crimson Desert, cambié temporalmente el campamento de los melenas grises por volver a grindear las calles de 'San Vansterdam'. Resulta curioso pasar de un 'sandbox' de sistemas a otro, más exigente incluso, pero me apetecía volver a experimentar aires de libertad montado en la tabla. El simulador de EA nos entrega una ciudad que huele a grafiti y sudaderas anchas; de tejados color pastel y barandillas doradas donde clavar el ‘grind’ perfecto. Insiste en guiar el monopatinaje a través de misiones ad infinitum y cosméticos baratos. Pero me aburro rápido, y de pronto me encuentro escalando edificios imposibles, buscando la pirueta perfecta mientras el aire suena a “Even flow” de Pearl Jam.

Los mejores momentos emergen cuando no existe tarea impuesta ni cosméticos como recompensa. Skate te lanza a la búsqueda de dopamina inmediata a través de ese salto imposible que cruza la delgada línea entre simulación y arcade. Morir es lo único que no está permitido: la tecnología médica del mundo diegético ha avanzado tanto que tu corporeidad se recompone al instante tras lanzarse en picado contra el asfalto. Skate se torna consciente de su condición de videojuego y se ríe de la muerte; crea una hiperrealidad de normas propias y nos hace partícipes. Ahí es donde se hace efectivo su truco narrativo: en desafiar la linealidad constructiva en pos de la búsqueda sensorial. En el acto de rebeldía.

La campaña funciona como un agradable paseo por sus mecánicas… hasta que nuestra mente inquieta se pierde en la caja de arena. Skate brilla en la serendipia: no se limita a generar un bucle de ensayo y error, sino que su diseño mecánico permite la genuina experimentación. Como niños inmortales que cogen la tabla por primera vez. No importa si el truco técnico sale preciso, sino encontrar el gap perfecto desde la altura más kilométrica. ¿He puntuado con cinco estrellas?, no. ¿He desbloqueado una skin chulísima?, tampoco. Pero nada importa, porque Skate es eso, un simulacro de monopatinaje donde la diversión aparece ante lo inesperado: cuando se procrastina la narrativa reglada en pos de priorizar nuestra curiosidad genuina. Un espacio imposible donde los pensamientos llegan como mariposas "...thoughts arrive like butterflies".

Hay algo en los 'sandbox' que invita a escapar de las reglas y los estrictos ritmos que marca el capitalismo. Huir de las narrativas sobre vida estoica y rutinas productivistas fuera del horario laboral. Quizás un 'sandbox' no es el juego que más me apetezca jugar, pero sí el que necesito. Durante esos días divagué mucho en el tiempo: fui a comprar cuando no tocaba, me acosté tarde haciendo nada y dejé el salón sin recoger. El ocio forma parte del ciclo de producción y consumo del capital, como momento vital para la recomposición de nuestra fuerza de trabajo. La rutina sería la forma de optimizar nuestro día a día. Es una ilusión pensar que la flojera por sí es revolucionaria, que podemos escapar de la dinámica tiránica solo con tumbarnos en el sofá. Sin embargo, el día a día no tiene por qué ser siempre tan rígido. Alguna vez tiene que mandar el TDAH.
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