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UNIRME POR 6€/MESEn 1840, el médico de la ciudad estonia de Võru publicó un librito contra el aguardiente. Tenía sus motivos, os los explico a lo largo del texto. A donde me interesa llegar es a Friedrich Reinhold Kreutzwald, que pasaría a la historia por completar el Kalevipoeg, la gran epopeya nacional de su país, pero antes de la epopeya vino esto: Wina-katk —«La plaga del vodka»—, una historia moralizante que ni siquiera era suya, porque la tomó prestada del suizo Heinrich Zschokke y la reescribió cambiándole los nombres y los paisajes hasta que pareciera ocurrida en una aldea de su comarca. Esta operación de maquillaje digamos que salió tan bien que hay estudios que la tratan como obra puramente original, quizá esto diga más sobre cómo se fabrican las literaturas nacionales que muchos discursos posteriores: se coge una historia extranjera, se le cambia el decorado, se emborracha dentro a los campesinos propios.
No he leído Wina-katk. Y no será porque estas semanas de calor pegajoso de julio no lo he intentado, pero no parece que lo hayan traducido a ninguna lengua que yo sepa leer, así que he tirado de los resúmenes que circulan por Reddit y foros. Y lo que esos resúmenes cuentan es un relato bastante aséptico, despojado, supongo de todo el misterio del relato fundacional: una familia destrozada por la bebida (hay un padre que acaba muy mal) y un futuro matrimonio joven en peligro; después, una sociedad de abstinencia a la que termina apuntándose la aldea entera, con boda final (ya os dije que es una historia con moraleja) que certifica aquello de que la comunidad vuelve a tener futuro. La bebida amenaza a la familia; la asociación repara al bebedor. La boda hace el resto. El borracho de este género funciona menos como hombre que como avería colectiva, una gotera que moja varias casas a la vez.
Ahora demos un salto un poco grande, tened fe. Nos vamos ciento setenta y nueve años después de aquel librito, porque quiero hablaros de un videojuego que empieza así: un hombre se despierta desnudo en la habitación de un hotel, con una borrachera tan concienzuda que se ha llevado por delante su nombre y su trabajo (también su pistola, aunque eso tardará un ratito en saberlo) y cualquier pista sobre el cadáver que cuelga de un árbol detrás del edificio. La corbata está en las aspas del ventilador. El diagnóstico no exige un máster en nada: ese hombre debería dejar de beber. También debería ponerse los pantalones y pagar los destrozos, pero las emergencias tienen su orden, y dejar de beber parece un buen principio.
Disco Elysium opina otra cosa.

He vuelto a Revachol este verano. Mi intención, por supuesto, está alejada de escribir cualquier crítica del juego. Quiero decir, a estas alturas, glosar que Disco Elysium es un RPG extraordinario o que Kim Kitsuragi merece todo el cariño que internet sea capaz de fabricar no nos va a llevar a nuevos territorios, ni va a descubrirle a nadie nada que no se haya escrito mucho mejor en otros lugar. En realidad volví porque el mes se agosta, los lanzamientos se están dilantando y podía permitirme volver a jugar un rato… sin mucha ambición, regresar a aquellos lugares donde uno encuentra un hogar, atravesar sus umbrales solo para ver qué aparecía. Volví, eso sí, y al cabo de un rato apareció la libreta en mis manos, una mala costumbre que no me quitaré hasta el fin de mis días que este juego fomenta más que el propio alcoholismo y seguramente con peores consecuencias domésticas. Y después de mis primeras horas en esta nueva visita lo que apareció, a saber por qué vericuetos, fueron las primeras sociedades de templanza de Estonia.
Bien, sistemáticamente, el alcohol en Disco Elysium es de una claridad casi contable: suma un punto de Físico, resta uno de Moral y eleva temporalmente el techo de aprendizaje de las habilidades de ese atributo. De este modo, el punto que hayas invertido durante una melopea, pues queda para siempre, aunque duermas la mona. Circula la historia de que esta última ventaja nació como un error que a los probadores les encantó y que ZA/UM decidió no parchear. Si os soy sincero, no he conseguido confirmarla (a pesar de mis esfuerzos y grandes dotes de investigación), pero no lo lamento, las grandes anécdotas fundacionales merecen pasar a los anales del diseño del medio. Y esta lo es y además, es demasiado buena: bastante desgracia es haber perdido la pistola como para que encima te retiren los beneficios de beber en horario de oficina.
Si no lo sabías, existe una guía oficial de sustancias que explica el protocolo sin apenas remordimiento: cada dosis dura una hora dentro del juego, hay conversaciones que se alargan más, y por eso el manual sugiere llevar la cerveza, el pitillo, la anfetamina o (mi debilidad) la droga antirradiación en la mano (lista para encadenar otra carga en cuanto el efecto caduque). En realidad, responde a esa lógica fantástica que ya hemos interiorizado tras décadas de juegos de rol: la de la poción antes del combate, con la diferencia de que aquí el guerrero es un funcionario de cuarenta y tantos que se pone hasta arriba para rellenar el formulario de una autopsia. A todo esto, como detalle que puede pasar desapercibido, al pie del texto encontramos la firma de «Roberto Kurvitzo, creador de RPG y narcomaníaco reformado», que asegura que el juego lo hicieron alcohólicos rehabilitados: descubrieron que no se puede desarrollar un RPG de sesenta horas y beber a la vez. Al menos, no con resultados presentables.
Se puede completar la partida sobrio; es una de las recomendaciones de los propios guionistas. Yo en mi primera partida no fui capaz, en esta segunda vuelta estoy intentándolo, veremos si soy capaz de contener los impulsos. La realidad es que es más difícil, explican los creadores, y más tensa, porque la tentación solo existe si ofrece algo. Para que rechazarla tenga impacto real, la botella tiene que funcionar; una botella que se limitara a quitar Salud sería atrezzo, y que yo sepa, nadie ha necesitado nunca fuerza de voluntad contra el atrezzo.
Intentando mantenerme sereno, no dejo de pensar que hay algo un poco miserable en la manera en que jugamos a esto. Queremos que Harry se recomponga y que deje la bebida, o que deje de ser un gañán con Kim o, al menos, que pase la semana sin abrazar ninguna ideología homicida (¡qué menos!). Pero también queremos superar todas las trabas (y tiradas de dado). Y, claro, si beber abre una puerta o intimida a un fascista, pues eso, la sobriedad puede esperar una hora; después ya le administraremos el magnesio, recuperará la Moral perdida y todos fingiremos que aquí no ha pasado nada. De este modo, opera una transmutación curiosa, porque el jugador no encarna solo a la conciencia que intenta salvar a este hombre; hace también de encargado de turno, pendiente de que el empleado rinda.
Francamente, este extremo me resulta bastante más desagradable que las decisiones obvias y señalizadas que lanza el juego de tanto en tanto, esas en las que pregunta solemnemente si Harry quiere otra copa. En estos casos, la adicción se despoja de su careta más frívola y pasa a trabajar como herramienta de productividad, un extremo bastante más aterrador porque en ese momento nosotros gestionamos el cuerpo desde fuera, calculando cuánto deterioro podemos permitirnos para conseguir un puntito extra. Poco importa que el sistema no modele bien la dependencia (y menos aún la abstinencia). Lo que sí entiende, con una precisión incómoda, es la automedicación: pedirle al cuerpo una presencia imposible y meterle química para presentarse de todas formas en su puesto de trabajo.

Sobre Kreutzwald yo no sabía nada, lo confieso. Llegué a él desde una entrevista de Martin Luiga, cofundador del colectivo ZA/UM, en 2022. En ella lanzó un hilo del que tirar; según explicó: le resultaba «divertido y entrañable» leer Disco Elysium como continuación de los cuentos moralizantes contra el alcohol de la época de construcción nacional estonia, y citaba como ejemplo de manual Wina-katk, obra de «uno de los padres de la nación». Añadía que la historia de la Comisaría 41 era también una investigación sobre la idea misma de construir una nación y mencionaba Los muchachos de la calle Pál para, instantes después pasar a otro asunto, dejándonos ahí plantados con el borracho y la patria, y con un librito de 1840 al que no hay manera de hincarle el diente ni en castellano, ni en inglés.
Las sociedades de templanza que brotaron en Estonia durante la segunda mitad del siglo XIX heredaron el guion de aquel librito, aunque con más actas y peores finales. La taberna rural tenía un vínculo de adamantium con la hacienda señorial que, a fin de cuentas, era el lugar que también destilaba el vodka, de modo que el alcohol no era solo una flaqueza del campesino: alguien lo fabricaba y lo vendía, y ese alguien solía ser el mismo que recuperaba por la noche el jornal que había pagado por la mañana. La campaña contra la bebida chocó con esos intereses. Por supuesto, las asociaciones hicieron algo más interesante que predicar: montaron bibliotecas y coros y funciones de teatro (cualquier cosa que ofreciera un sitio donde reunirse que no fuera la taberna) y, de paso, un entrenamiento elemental en organizarse. Elegir a un responsable, llevar unas cuentas: la fase inmediatamente anterior a fundar una nación (o una comunidad de vecinos). Un estudio de la Universidad de Tartu atribuye la resistencia de parte de la élite germanobáltica a las pérdidas económicas, sí, pero sobre todo al cariz político que tomó el asunto cuando el movimiento se sumó a la agenda nacional. Que el campesino dejara de beber estaba muy bien. Que aprendiera a organizarse… era otra conversación.
No es mi intención infantilizar esas sociedades o ponerme tierno con ellas. A fin de cuentas, perseguían algo bastante prosaico: un campesino sobrio y trabajador, presentable si podía ser; la nación necesitaba cuerpos aprovechables, y el programa de la templanza era también un programa de rendimiento.
Con esa tradición, Disco Elysium hace una cosa deliberadamente sucia. Hay un pensamiento que puedes desbloquear y que mejora el rendimiento del alcohol. Con el Nacionalismo Revacholiano cada trago concede dos puntos adicionales de Físico. El nacionalismo histórico quería producir ciudadanos sobrios; el de Revachol ha encontrado un atajo: un fascista más fuerte durante una hora. Y, qué queréis que os diga, exuda una coherencia que casi da respeto: el proyecto político de Harry no aspira a construir ningún país real, aspira a una grandeza imaginaria que le haga sentirse menos pequeño y vulnerable (ay, esas masculinidades frágiles), y, con franqueza, a eso se llega antes con una botella que con décadas de alfabetización y coros populares.
Volviéndo a aquella entrevista de Luiga, de aquella observación que hizo, lo que más me cuesta ver no está en Harry. Está en la comisaría. La Milicia Ciudadana de Revachol es una policía que nace para ocupar el hueco que dejaron las instituciones al desplomarse: una organización de legitimidad bastante dudosa que patrulla una ciudad ocupada por la Coalición, y cuyos agentes son funcionarios o voluntarios armados, según a quién se pregunte. Tienen placas, tienen emisoras y, sobre todo, tienen formularios, y con eso es suficiente para emular un Estado durante un rato, que es más o menos lo que la ciudad necesita creer. Y esa comisaría necesita a Harry porque Harry era un buen policía. Uno muy bueno. La investigación del crimen nos permite reconstruirlo, nos ofrece destellos del Harry que era antes de reventarse con drogas y alcohol resolvía casos a un ritmo demencial y se imponía jornadas que arrastraban a los demás tras de sí. No bebía porque no supiera hacer su trabajo; era extraordinario haciéndolo y convirtió también eso en una forma de hacerse daño. Cuando sus compañeros aparecen al final para evaluar lo ocurrido en Martinaise, la pregunta clave de todo el asunto no es si Harry está bien. Es si Harry sigue siendo necesario.

Y, claro, si lo vemos así, de pronto la historia de rehabilitación cambia de género. Recuperar la placa y la pistola, cerrar el caso; son pasos hacia la reconstrucción de un hombre, sí, pero también los apartados de un expediente de reincorporación. La policía no necesita salvarlo entero.Solo quieren que sea funcional. Y, claro, mientras vamos avanzando, el propio juego nos enseña, sustancia a sustancia, que para funcionar hay atajos.
Kim es lo que impide que la idea se pudra del todo. No porque ejerza de terapeuta (bastante tiene el colega), sino porque acompaña a Harry sin reducirlo a su utilidad: le pone límites, toma notas, y de vez en cuando le deja cometer una estupidez para ver adónde coño les lleva. De hecho hace algo bastante más interesante, no pronuncia el discurso que lo curará (ese discurso no existe); se queda con él, que parece menos y cuesta más.
Años después de terminar Wina-katk, Kreutzwald completó el Kalevipoeg, y en la epopeya hay un episodio que parece estar ahí, esperándonos. Mirad, el héroe se emborracha en un banquete, discute, mata al hijo del herrero con su espada; el herrero maldice el arma, y la espada, mucho más tarde, acaba cercenando las piernas del propio gigante. Y no puedo esquivar la tentación, porque la simetría es muy evidente (dos figuras heroicas perseguidas por lo que hicieron borrachas, un arma maldita en cada caso, la nación cargada sobre un cuerpo maltratado que apenas se sostiene) y lo sé, sé perfectamente que me estoy viniendo arriba: el Kalevipoeg es un edificio levantado con materiales folclóricos muy distintos, y reducirlo a una campaña decimonónica de «si bebes, no empuñes tu arma» sería tratarlo con una frivolidad pasmosa… supongo.
Bien, hay otro borracho en Martinaise que me importa más que el gigante. Victor Méjean vuelve a casa después de beber, cruza la pasarela del pueblo pesquero, pisa una tabla podrida y cae; se golpea la cabeza contra un banco de metal y ahí se queda, seco, triste y lamentable hasta que Harry lo encuentra y le lleva la noticia a Billie, su mujer, que identifica el cuerpo por el forro azul de la chaqueta marrón que ella misma le cosió. No forma parte del caso. Nadie lo ha asesinado. No hay conspiración que desmontar, solo un trabajador borracho que atravesó una infraestructura que nadie había reparado, y se acabó. Recuerdo el momento del descubrimiento y de acercarme a Billie para contárselo. Había una tristeza gris, de mala suerte genuina que, joder, se escurría por los dedos de un juego que repartía la buena y mala fortuna con sus dados.
Victor no puede beber para ganar un punto de Físico. Tampoco tiene un jugador que le dosifique el magnesio, ni un compañero que lo espere por la mañana. Ni una comisaría pendiente de comprobar si aún rinde. Su relación con el alcohol no es heroica ni divertida. Es un chicle en la boca para disimular el aliento antes de llegar a casa. Los cuentos de templanza usaban al borracho como figura de escarnio colectivo: se enmendaba él y quedaban enmendados la familia y un trozo de la patria. Disco Elysium no se permite un final tan limpio, porque distingue entre borrachos útiles y borrachos que solo entran en escena cuando ya están muertos.
Y eso me embarra la lectura optimista, qué le voy a hacer. Sigue siendo emocionante ver a Harry recomponerse, ganarse el respeto de Kim, elegir (si el jugador quiere y es capaz) no beber. Pero, por desgracia, sus posibilidades de rehabilitación están indefectiblemente atadas al valor que puede aportar a otros. No nos engañemos, la Comisaría 41 lo recoge porque necesita a su detective; del mismo modo que la aldea de Kreutzwald recogía al borracho porque necesitaba, según el día, un padre o un contribuyente. En los dos casos hay cuidado de verdad. Pero es un cuidado productivo, nada más.
Martinaise, mientras tanto, está llena de grupos y asociaciones diminutas que intentan sostener lo que las instituciones dejaron caer: el sindicato controla el puerto; unos ravers han ocupado una iglesia; los criptozoólogos siembran la costa de trampas; hay dos estudiantes comunistas reuniéndose a reconstruir la teoría sin haber resuelto el problema previo de ser solo… dos. Claro que algunas son ridículas y algunas directamente peligrosas, pero todas ofrecen al menos un sitio donde acudir. Harry tiene la comisaría. Victor tenía una casa al otro lado de una tabla podrida. Quizá Luiga no buscaba nada de esto; quizá solo señalaba una tradición que cualquier estonio es capaz de reconocer, y yo… bueno, llevo tres mil palabras estirando el chicle de su entrevista. Aunque, sinceramente, esa conexión me ha cambiado la manera de mirar la botella en el inventario. Ya no me pregunto si Harry recaerá. Ahora me parece mucho más interesante y pertinente cuestionarnos para qué lo queremos sobrio, quién necesita que vuelva a levantarse y cuánto daño estamos dispuestos a administrarle para que llegue puntual al día siguiente.
El médico de Võru escribió su librito para que los campesinos estonios del XIX dejasen de beber. Yo me he pasado la semana poniéndosela a Harry en la mano izquierda, bien sujeta, para no perder tiempo entre tragos. Me digo que es por su bien. Por el caso. La botella, casi dos siglos después, sigue dándonos lo que buscamos.
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