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UNIRME POR 6€/MESHemos empezado el episodio quejándonos del calor —40 grados en Bilbao, que ya es para denunciar— y lo hemos acabado, tres horas después, recomendando un libro que se lee con un espejo. En medio, lo que de verdad nos ha tenido toda la semana enganchados: el sandiós de Xbox.
Avisamos de que el bloque va largo, porque lo de Microsoft no es para despacharlo con cuatro chascarrillos. La empresa más valiosa del planeta ha publicado un memorando interno —y luego lo ha hecho público, en plan ejercicio de transparencia— admitiendo por escrito que su división de juegos hace aguas y que, textualmente, "esto no puede continuar". Como no nos apetecía sumarnos a la enésima rabieta de redes, Alfonso se preparó un documento entero para intentar lo difícil: contarlo con datos y un poco de cabeza. La tesis, resumida: Xbox no está así por haberlo hecho rematadamente mal, sino porque la fiesta del dinero gratis —esa década de tipos de interés a cero en la que comprar estudios salía casi regalado— se ha terminado, y ahora toca pagar la cuenta.
De ahí tiramos del hilo hasta el final. Los cinco puntos de no retorno (del trauma de la Xbox One en 2013 al relevo de Phil Spencer por Asha Sharma). Los números que escuecen del memorando: un margen del 3 %, que es el de un supermercado, y más de 20.000 millones gastados para acabar ingresando menos que hace cinco años. Las frases de Satya Nadella en el New York Times que dan para enmarcar, como esa de que YouTube saca más tajada de los juegos de Xbox que la propia Microsoft. Y lo que más nos obsesiona: la aritmética de Game Pass, que sencillamente no sale. No es el Netflix de los videojuegos que nos vendieron; se parece más a un MoviePass, aquel invento que te dejaba ir al cine ilimitado por diez dólares y que terminó, cómo no, en la quiebra. Lo que más rabia da, en cualquier caso, son los estudios que ahora negocian su supervivencia: Ninja Theory, Double Fine y Compulsion Games, que hicieron justo lo que se les mandó y a los que ahora les sueltan la mano. Porque una escisión, por bonita que te la vendan, no es un rescate.
Antes de toda esa fiesta habíamos arrancado con lo de siempre, las cosas de Rockstar: el 25 de junio abren las reservas de GTA 6 (lanzamiento apuntado al 19 de noviembre), y aprovechamos para soltar nuestra cantinela anti-reservas, que ya nos vais conociendo. Y nos picamos un rato con Square Enix y su política de traducciones de bombero, esa de traducirte The Adventures of Elliot —una IP nueva de un género que ya lo tiene crudo— y dejarte Final Fantasy Tactics y el último Octopath Traveler en inglés. Hay movimientos que ya no los entiende nadie, y nosotros los primeros.
Y luego, el respiro: Mina the Hollower, lo nuevo de Yacht Club Games (sí, los de Shovel Knight). Marc se viene arriba para desmontar una idea muy mona: que esa estampa retro a lo A Link to the Past es, en realidad, una trampa. Parece un homenaje cariñoso a los Zelda de toda la vida y resulta ser un castigo. Aquí no hay trifuerza, no hay fanfarria que te diga que vas bien, no hay recompensa: hay un reino que se llama Tenebrosa, un montón de muertes y un backtracking que no es la estrategia limpia de un metroidvania, sino rendición psicológica pura. Le ha encantado, que conste en acta. Y ya ha pasado del medio millón de copias, así que de melancolía nada.
En el Tiempo Extra para mecenas, Alfonso se pone insoportable —con todo el cariño— con Casa de Hojas, de Mark Z. Danielewski: un libro que hay que girar, leer del revés y, sí, con un espejo, y al que ha bautizado como "el Dark Souls de los libros". Dedicamos el episodio a Dayo, nuestro último mecenas.
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