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Tras aventajar la horda inicial, aterrizo en la primera ciudad. Me llega una leve reminiscencia a la Kakariko de los 16 bits que rápidamente se evapora como gotas de lluvia en verano. El paso a la tradicional posada ‘Inn’ está bloqueado, al igual que la mayoría de puntos clave del entorno. Se aviva el caos de la rebelión: el fuego y la lucha asedian la ciudad, y el ejército real envite a dobles monocromáticos con alevosía y cierto placer morboso. Tanto soldados como ciudadanos desconfían de mi presencia; una carta firmada por el mismo rey es rechazada bajo sospechas de falsificación. En el reino de Tenebrosa no hay descanso para el guerrero, porque hace tiempo que no aguarda a ningún salvador. Acudo presto a la sagrada llamada del deber, pero la situación me obliga a rodear la entrada a palacio cual vulgar ladrón. No hay épica ni fanfarria, solo la habilidad innata para el subterfugio de una heroína que antaño salvó el mundo pero que ya nadie apenas recuerda. Como en El ángel exterminador (1962) de Buñuel, la burbuja aristócrata separa materialmente a la civilización del suburbio. Nadie parece hacer caso omiso a los gritos de auxilio, y la tensión parece atenuarse. Aparecen grupos rebeldes que se oponen al relato oficial; sin muchas explicaciones, se me dispone al combate contra el líder proscrito. Salgo entero por los pelos. Mi misión consiste en devolver la chispa a todos los rincones de un reino sin luz; el acaudalado de turno me despacha con una urgencia abrumadora. Pero hay algo en todo esto que no encaja. Sin brújula ni mapa del territorio, la confusión es absoluta; es ahí cuando la incertidumbre en ‘Mina The Hollower’ empieza a minar cualquier atisbo de esperanza.
Hay videojuegos que no están hechos para que lo completes, sino para darte una lección. Esta idea ha ido cobrando fuerza en mi cabeza mientras corrían las primeras horas inmerso en el reino de Tenebrosa. Os explico mi tesis: el jugador vive en una relación de enajenación con la obra. La narrativa tradicional clásica nos lanza sin dilación hacia la misión principal. Aceptamos las reglas que el videojuego nos impone: sus limitaciones de agencia, símbolos y lenguaje, solo por la promesa de aventura. El videojuego aprovecha esta trampa mecanicista para hacer más efectivo su tren de la bruja. Sin embargo, hay veces que prefiere ponerse frente al espejo y hacer explícito el engaño. Darle una vuelta al asunto, siempre en pos del espectáculo. Para el jugador, descubrirse en la enajenación resulta tan terapéutico como doloroso a partes iguales. Reconocer que la verdad puede arrastrarnos por caminos tortuosos.
Sobre este ‘despertar’ – y de la incertidumbre que lo precede – se ha escrito mucho. El cine y la literatura llevan jugando con la incertidumbre desde principios de la industria, pero bajo formas distintas. Desde el surrealismo francés de los años 20 hasta las narrativas no lineales modernas. Tanto el formalismo ruso del s.XX como el posmodernismo anglosajón. En L’Année dernière à Marienbad (1961) d'Alain Resnais, la narrativa fragmentada niebla la memoria del pasado y la difunde entre el presente y la imaginación. Abre los ojos (1998) de Amenábar secuestra la identidad del protagonista evadiendo la realidad del hecho traumático. Memento (2000) de Nolan invierte directamente la linealidad para evadir una temporalidad clara. Estos ejemplos toman vías distintas para mostrar el pasado como un recoveco inaccesible desde la memoria. Un ejercicio autoconsciente contra la nostalgia como mecanismo frente al trauma. El concepto de ‘ostranenie’ o ‘extrañamiento’ de Viktor Shklovski fundamentó la estructura narrativa rusa de principios del s.XX e influyó profundamente a posteriori en el Círculo de Viena y el estructuralismo francés. El énfasis en los aparatos y estructuras formales de la escritura servían como puente estético para “desautomatizar” la lectura mecánica y darle un vuelco a la narrativa tradicional, creando el efecto de percibir lo familiar como algo novedoso.
Expongo tales ejemplos en un intento de exponer la posición que toma ‘Mina the Hollower’ respecto al pasado que aparenta emular. Su estilo Game Boy Color en píxel art con vista cenital actúa como cebo para la mente confiada. Bajo esa sensación de familiaridad pretendida se esconde una trampa que pretende socavar las estructuras de tu memoria. Tenebrosa no es un llamado nostálgico a tiempos pretéritos del medio, sino una ilusión que se desmorona atacando a la subjetividad del jugador. El mensaje se vuelve explícito con cada muerte, con cada caída, condenando a la protagonista al reintento en un loop imposible. Existe una clara intencionalidad en mantenernos desorientados a tiempo completo y en la ausencia de explicaciones lúcidas. Las mecánicas injustas y las situaciones imposibles no son mero capricho de los desarrolladores, sino un recurso narrativo para contarnos algo. El diseño mecánico de ‘Mina the Hollower’ se construye sobre la incertidumbre: el pasado es una realidad inaccesible que nos cierra sus puertas de cal y canto, como una ciudad desconfiada. La falta de claridad en nuestras viejas mentes se disimula con una falsa añoranza que no busca la verdad sino construir un simulacro de realidades pretéritas. Una ficción que sirva como refugio desesperado, construido como un diseño arcaico que no responde al contexto actual. Nada de esto tiene lugar aquí.
La prensa e 'influencers' (como no) se han pronunciado en contra de la ausencia de caminos claros; no entienden que Mina quiere arrastrarte por el camino de la perdición. La comparación con Zelda se entiende, pero a la vez es tramposa: la familiaridad inicial actúa como puerta de entrada a un extrañamiento paulatino. Mientras Link descubría tesoros al ritmo de fanfarrias, Mina destroza cofres al retumbar de un arma rústica seleccionada al azar, porque no queda nada sagrado que profanar. Hyrule le pone alfombras rojas a sus héroes, Tenebrosa los abandona en la lluvia. Aquí no existen sonidos de éxito o luces que guíen el camino (ni siquiera un triste ‘¡Hey listen!’). La comparsa épica que suele acompañar al héroe de la Trifuerza en su predestinada teleología aquí se apaga en el olvido. La derrota es tan absoluta que nadie nos guarda en su memoria, incluso nosotros mismos somos incapaces de recordar el camino. El recuerdo de aquella que salvó otrora el reino solo existe para la conveniencia de una élite corrupta que vive ajena al malestar del ciudadano común. Mina destroza nuestras expectativas, pone nuestra soltura como veteranos patas arriba y nos recuerda sutilmente que vivimos en una ilusión.
En Mixtape: la lenta cancelación del futuro, Alfonso cita a los fantasmas de Mark Fisher en pleno giro cultural con la ‘Hauntología’. Para mi tocayo vivimos incapaces de imaginar futuros en positivo más allá del capitalismo. Si el futuro permanece inaccesible, la cultura se encierra en la repetición eterna del pasado, en pastiches y ‘remakes’. Mina the Hollower invierte la cuestión y revela el pasado como un lugar inaccesible donde la memoria es frágil. Sus caminos, llenos de recovecos imposibles y muros, requieren de notables esfuerzos cognitivos para ser superados. De cofres vacíos y caminos sin gloria. Como una mente perdida, que sigue un sendero sin brújula, lleno de lagunas y huecos. En este pantano espinoso, donde la luna alumbra con dolor, la añoranza levanta su velo y descubre una verdad aterradora: el recuerdo no es más que un engaño.
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